viernes, 3 de junio de 2016

Modernidad o Indiferencia

Por Efraín Ortega


Unas décadas, atrás en mi adolescencia solíamos formar pandillas para arremeter contra un círculo asfixiante que no nos permitía expandir las ideas más claramente y pensábamos que teníamos que enriquecer y flexibilizar la cultura ampliando los conocimientos para el futuro, pero preservando celosamente las buenas formas de nuestros antecesores en el entendido que la base de la sociedad se gestaba en la familia. 

Pudimos ser malentendidos en su momento, pero eso es normal; los cambios traen en sí sus ligamentos que igual que el cordón umbilical hay que cortar por alguna parte para hacerlos diferentes. Sin embargo, aspirábamos a: Tener más y mejores escuelas, liberarnos del aislamiento, tener clubes y asociaciones incluyentes, tener una sociedad menos elitista, más participativa y razonable, cuidar las buenas costumbres, la amistad, el apego familiar, el respeto a los mayores, conformar una escala de valores que nos hicieran más libres y felices como sociedad como dijo alguien. “Educa al niño para no tener que castigar al hombre” Era nuestra filosofía.

 Teníamos un par de zapatos que en ocasiones compartíamos, pocas camisas que nos las prestábamos, llegamos a ir a la escuela con un lápiz y un cuaderno cortado por la mitad, caminábamos kilómetros para llegar al centro educativo que a veces no pasaba de ser una rancheta cobijada de cana, con pupitres grandes en ocasiones para tres y cuatro muchachos. Éramos felices comiendo Espaguetis mal sazonado por cocineros inexpertos, hacíamos un serrucho para un BRUGAL, compartíamos con las amigas sin los agarres y sin el acoso sexual. Hoy tenemos jóvenes con más oportunidades para triunfar: Escuelas modernas, universidades con fácil accesos, vías de comunicación, closets llenos de ropas que no tienen tiempo de usar, equipos electrónicos que han sustituido aprenderse las tediosas tablas de multiplicar. 

Son versados en el conocimientos de sus derechos pero con gran inobservancia de los deberes, sustitución de los saludos por la indiferencia, conversación afectiva por monosílabos, clubes sociales por centros de diversiones, las lecturas por los celulares, la cofradías por los atracos, el noviazgo por las relaciones precoces, los compromisos por los agarres, lo que cuesta trabajo por lo fácil, la libertad por el libertinaje. Son dados a la burla para los que desafiando todo este aparataje se atreven a seguir luchando y siguen apostando a mejorar la sociedad.

 Es que una buena parte de los jóvenes y de los no tan jóvenes han invertido algunos valores. Por ejemplo: La convivencia por la agresividad, la educación por la sobreprotección, nos han cambiado la cortesía por las palabras obscenas, la compasión por la indolencia, la honradez por el vivir bien, el trabajo por la haraganería, la ayuda por el dinero, la inteligencia por la arrogancia, las cartas por el whasp etc. 

Todo esto sería maravilloso, iría bien si no fuera porque todas esas comodidades, adelantos y tecnología no han logrado hacer a nuestros jóvenes más felices, más seguros de sí mismos, menos viciados pero no: 81% de los que se suicidan, son jóvenes, las cárceles están llenas de personas que no llega a los 30 años, muchos dejan de estudiar, su competencia está siendo afectada por cosas superfluas que llenan al ser de vacíos, no de satisfacciones. Un documento que vi acerca de cómo dependen de La virtualidad señala, que un 32% prefiere esta tecnología al aire. Manipulan los equipos electrónicos con una increíble destreza pero no te mandan una nota bien escrita ni en su propio idioma.

 Para ese grupo, los mayores son trastes viejos, se exponen al peligro y arriesgan la vida. No hay jóvenes buenos ni malos, han evolucionado para bien o para mal, tienen otras perspectivas e intereses. La sociedad no va mejorar si los jóvenes no se empoderan del presente sin olvidar el pasado, persiguiendo el futuro.