El caso que me ha sacudido recientemente en esa dirección vincula a un hombre de nacionalidad italiana de nombre Michael Saba, quien mató salvajemente a la joven venezolana Yenny Carolina Vélez Pérez Canelón en un apartamento de lujo alquilado en Piantini.
Resulta que el tipo, muy dado al mundo de las cosas mal hechas, contrató los servicios de esta joven y, por alguna razón desconocida, tras unas horas de placer, le pegó un tiro en el corazón y luego la descuartizó, cortando su cabeza y extremidades para colocarlas en el refrigerador.
Leí la acusación del Ministerio Público y sentí repulsión extrema, pero más rabia me dio cuando vi la foto de la escena, en el cual se ve el torso de una mujer, libre de extremidades y cabeza, tirado en el piso como si fuera una bestia. ¿Qué clase de ser humano es capaz de hacer algo semejante? ¿Cómo acabar así con la vida de una joven hermosa, que se dedicaba a vender sus atributos porque le tocó lidiar con sus propios desafíos y vivir su drama?
Este hombre no es solo un asesino, es un animal, y deberían encerrarlo y botar la llave, procurar que no salga nunca, porque quien hace una atrocidad como esa es porque lo deseó siempre o porque lo hizo antes y lo repitió, y lo repetirá en el futuro. Nadie merece morir así, nadie. Este caso refleja todo lo que las sociedades no deben permitir. El ricachón de capital ilegal, la trata humana mediante la prostitución de alto nivel, la inmigración y sus injusticias, y la asquerosa afición milenaria de los seres humanos, de matar por ver la sangre correr.