De todos los Caminos
Reales que salían y entraban al pueblo de El Mamey: El Camino de El Pinto, El
Camino de Los Tres Pasos, El Camino de El Rejón, El Camino de Marmolejos, de El
Toro, o de Los Meones, El Camino de La Boca de Unijica, El Camino de Romerico, o
de La Gallera Vieja, El Camino de Marmolejos Abajo, El Camino de Vuelta Larga ,o
del Cementerio, El Camino de los Mercados, o del Zanjón, El Camino de la Loma, El
Camino de Piedra Gorda, El Camino de los Morales, o de Los Bonyeses, El Camino
de Las Maritas, y el Camino de Marmolejos arriba o de los Sabinos, eran los
principales.
Existían otros
pequeños trillos que dirigían a uno más que nada hacia los ríos. Esos pequeños
senderos eran obligatorios con el trajín de la carga de agua para las
necesidades del hogar, como lavar la ropa, y proveer agua para los animales; o
para beber o bañarse, que entre nosotros es muy importante, porque, nosotros
los Dominicanos somos sumamente pulcros; nos gusta mantener nuestro cuerpo
higienizado; de aquí la expresión de que allá, “Con eso casi se nace”. Esta
significativa y característica manera de nosotros comportarnos también ha dado
origen al dicho “Por ahí iba Fulano muy bañado y oloroso”.
Aunque durante mi niñez
y adolescencia yo anduve por todos los caminos probablemente miles de veces, es
El Camino de los Mercados, también conocido como de El Zanjón el que con más
fuerza reviven mis memorias infantiles, ya que ese lo
aprendí como la palma de mi mano. Con la construcción de las Carreteras, la
Carretera Nueva, la Carretera de Marmolejos y la Carretera de Pueblo Nuevo o de
La Boca, muchos de aquellos Caminos Reales fueron olvidados, cubiertos por el
follaje, o destruidos por la Erosión del terreno, lo que hizo algunos de ellos
inaccesibles y difíciles de transitar.
Debido a la
dependencia económica, allá nunca ha existido un gobierno que se atreva a
tratar de industrializar el país; o a emprender proyectos económicos, no para
beneficiar una exclusiva élite, sino hacia el bienestar de la nación; lo
que acarrea que la Mentalidad Terrateniente siempre haya sido la principal
característica que incide en la idiosincrasia de la población Dominicana. La
mentalidad campesina admira, promueve y mantiene el atrasado Estado
Terrateniente como algo normal, al que hay que adaptarse o doblegarse; hasta un
punto en que ya es raro que aparezca algún movimiento que enfrente los
oligarcas y exija que toda la tierra se confisque y se le entregue a sus
genuinos dueños, los que la quisieran trabajar.
En aquellos tiempos
existían algunos 15 o 20 Hornos de Carbón en distintos puntos de la comarca, que
eran usados por los campesinos para venderlo como combustible para “defenderse
y mantener sus familias”. Claro, dándole una parte de las ganancias al
terrateniente, pues la madera usada en los Hornos venía de los desmontes que
hacían esos terratenientes para sembrar café o cacao, y pangola para criar ganado
y adquirir riquezas. De esa manera establecieron y mantuvieron las condiciones
semifeudales y empujaron a los campesinos a vivir separados de la tierra, obligándolos
a establecer sus pequeños bohíos al lado de los caminos, cerca de los alambres
de púas, para tener mano de obra barata, explotándolos.
Cuando el campesino
se negó a trabajar “Un día por un chele”, el malicioso terrateniente inventó el
dicho de que “Al dominicano no le gusta trabajar”. Un negocio Redondo: Le roba
la tierra, lo expulsa del área y también lo llena de oprobio. Entonces el
campesino agarró su larga familia y se fue a vivir a los cinturones
de miseria de las grandes ciudades; ayudando a conformar de esa manera “El
Ejército de los desposeídos”. No otra cosa podía hacer en ese momento, pues
para haber podido dar la cara y enfrentarse al poderoso, hubiera necesitado de
la ayuda de una Clase Social todavía inexistente, el Proletariado.
No que la situación
ha cambiado un ápice, pues muchas personas que desean invertir en el
territorio Dominicano lo primero que piensan es en comprar una finca para criar
Ganado, en lugar de decidir establecer una fábrica de maíz, cacao,
café, u otro rubro; lo que generaría trabajo para muchos padres de familia.
Este estado de la imposición de la Tenencia de Tierra en la región ha causado
que muchos forasteros jamás sienten cabeza en el área; provocando un
vaivén de la gente, fundamentalmente por la falta de trabajo. La costumbre se
ha mantenido invariable por años; escoger a El Mamey como una catapulta, para
entonces emigrar hacia otro sitio donde ellos puedan hallar trabajo, y hasta
echar raíces. Tradicionalmente, los latifundistas de la región son los que han
impuesto las Reglas del juego.
Como es de esperarse,
cualquiera que trate de cambiar ese círculo, inmediatamente es visto “Con malos
ojos” por los intereses que se benefician manteniendo el atraso, el mundo
estático y asfixiante del dominio latifundista en el campo; con las creencias
religiosas que le sirven de llantas a un vehículo que vegeta, no se mueve y
vive mohoso; pero que se lo hacen tragar a la población como un mal purgante,
obligándola a deglutirlo. Esto es tan manifiesto que cualquiera que se atreva a
gritar: “Tierra para el que la trabaja”, es sometido a todas clases de
vejaciones y persecuciones por los llamados Cuerpos Castrenses y Policiales que
la Oligarquía creó hace mucho para que la defiendan.
Pues muchos de esos
caminos eran diariamente andados por los pobladores de los distintos parajes
que constituían la región. Por supuesto no hay que olvidar que después de la
llamada Revolución Industrial en los países capitalistas, los medios de
transporte cambiaron, y muchos de aquellos Caminos Reales fueron sustituidos
por Carreteras, Avenidas y Autopistas. Ello no es más que el resultado de la
prisa que se ha apoderado del humano, para tratar de adaptarse a los cambios
que han ocurrido en el mundo. Para poder desarrollar la Sociedad, el humano
necesita agilizar y facilitar la forma de comunicarse.
Tres ríos
confluencian en el área llamada La Boca de Unijica, el Marmolejos, el
Unijica y el Cordobín. Esas Corrientes acuáticas presentan signos de que una
vez, quizás en la Época Taína, fueron vías con considerable caudal; antes
de que empezaran las tumbas y los desmontes, que dejaron al descubierto el
terreno, y cuando llegan los aguaceros, las crecidas o aluviones de esos ríos
erosionan el terreno y arrastran el sostén de los bosques y el material
orgánico hacia el océano. Esta ha sido otra de las causas de la destrucción de
los viejos Caminos Reales.
El problema del
aumento de la población y su efecto en los bosques y terrenos no es sólo un
problema de la República Dominicana; sino del humano y el planeta. Todos los países
del mundo lo sufren y tratan de buscarle solución. Si no hay plantas no hay
vida. Si no hay gente, no se sabe que hay vida. Y muchas veces las gentes
necesitan el espacio de los árboles para construir sus viviendas, que es
donde se inicia la destrucción del Medio Ambiente. Parece que al final la gran
contradicción se resolvería por medio de una acción planificada de buena fe, proteger
las gentes y proteger los árboles y el agua.
El camino del Zanjón
o de Los Mercados era poco habitado en aquellos tiempos; allí vivía Doña
Teolinda Mercado acompañada por su larga familia; a alguna distancia, y cercano
al barranco vivían Don Manuel y Doña Esperanza Zapey, que era también una
amplia familia, con numerosos niños con quienes yo jugaba. Esta familia tenía
una crianza de chivos. Doña Esperanza era una de las personas más decentes y
agradables que yo puedo recordar. Yo debo haber sido 10 u 11 años cuando
empecé a caminar aquellas soledades en tempranas horas de la madrugada. Después
de levantarme y asearme, yo salía caminando para cruzar las obscuridades de
aquel camino. Caminar, subir, bajar, subir y bajar otra vez; entonces había que
pasar a través del Zanjón. Este pedazo del camino era obscuro y tenebroso;
para mí en ese tiempo, ese trecho era aterrador y espantoso; cuando pasaba
de allí, ya todo se percibía más placentero y acogedor.
Cuando uno llegaba a
la Cerca, primero había que localizar y amarrar un burro, y entonces empezar a
recoger o colectar las vacas que iban a ser ordeñadas esa mañana. Cuando ya las
vacas estaban en el Corral, entonces había que esperar a que llegara el señor
Diego, que era El Ordeñador. En realidad el principal oficio de Diego era
arreglar zapatos, él era un zapatero que sabía hacer hormas y baquetas de
cuchillos y colines, y que hacía de Ordeñador para conseguir un poco de dinero
extra. Diego llegó a tener mucha pericia como Ordeñador. El proceso de
ordeñar es curioso; había un Corral donde se encontraban los becerros que habían
sido “Achicados” la tarde anterior, para que no mamaran la leche de las mamás a
través de la noche.
Entonces se comenzaba
por traer una mamá y se sacaba el becerrito, su hijo o hija. Este
becerrito o becerrita había que dejarlo que mamara un poco, porque así “le
bajaba” la leche a la vaca (la mamá); tenía que ser su hijo o hija, porque si se
le ponía otro, ella le daba una patada, y no lo dejaba que mamara. Entonces, después
de “amamantar” esa vaca, se debía despegar el becerrito, amarrándolo separado
porque él estaba muy hambriento.
La mamá tampoco
quería que le quitaran su hijo, pero para aquietarla se usaba algo llamado “La
Manea”, que era un corto pedazo de soga con la que se le ataban dos patas. Entonces
el Ordeñador ordeñaba la vaca; cuando él terminaba de colectar la leche en
un cubo, entonces se soltaba el becerrito y por fin iba a saciar su hambre, y a
estar con su mamá todo el día, hasta que llegara la tarde, donde se
iniciaba de nuevo el mismo proceso.
Toda la leche
así colectada por el Ordeñador, era entonces echada en dos cubos bien
limpios y llevada a “La Casa”, donde por lo general, todos los días había 20 o
30 personas conglomeradas esperando para comprarla. Muchas de esas personas
eran las mamás de los niños de El Mamey, que tenían que prepararles lo
biberones a esos niñitos. En algunas ocasiones la leche llegaba tarde por
diferentes razones y se podía notar el desespero de las preocupadas mamás, que
sufrían por tener sus hijos hambrientos.
De todo el proceso, el
comienzo es cuando se “Achican” los becerritos; porque ellos no quieren
separarse de sus mamás, y corren y se esconden, al saber o presentir que los
están aislando de sus madres, para ponerlos a pasar hambre, impidiéndoles usar
su nutriente natural. Después de transportar la leche para ser usada por los
moradores, que la compraban quizás a cinco o diez cheles la botella, entonces
yo me bañaba, y me iba a la Escuela. En la tarde, después de regresar de la
Escuela y comer, era mi tarea llevar los cubos y “Achicar” los
becerros. Esta ocupación fue algo que yo hice por años, y que conlleva una
responsabilidad diaria que no reconoce día de fiesta, día ventoso, día lluvioso
o día de Cumpleaños.
En aquellos tempranos
tiempos yo hice grandes relaciones, como mi querido Justo Batista un verdadero
hombre, trabajador, honesto, noble, padre de familia, honorable y pobre. Mi
amigo Tite Mejía, mi querido amigo Darío Mercado, mi amigo Juancito Batista y
muchos otros de mis años de niño, que me ayudaron a hacer la vida más
placentera, alegre e interesante. Ellos contribuyeron a darle un carácter
humano, amistoso, responsable y disciplinado a mi joven vida. En mis años de
adolescencia yo también pude sentir la influencia de la Maestra Nereida Perez (Teté)
uno de los personajes más modestos y altruistas que ha conocido nuestra región.
En las paredes del
Zanjón había muchas cuevas de buhos o cucúes, que habían hecho del sitio sus
moradas. Al salir del tétrico lugar había una subida con un fangar, y más para
allá un avispar, una planta de nísperos y varias matas de mamones; También
habían varias clases de mangos; pero había una clase de mangos en particular
que les llamaban “Peluitos” que para mí era el mejor mango, aún mejor que
el “Colón” o el “Prietico”, el “Tablita”, el “Mameyito” o el “Mariposa”. Y fue en
aquel lugar en que yo por primera vez vi una batata de las llamadas “Yema
de huevo”, cuyo color curiosamente llamó mi atención.
A pesar de lo
tenebroso de esos contornos para mi edad, durante todos aquellos años, yo
siempre pude observar todo natural, el mundo como era; los mangos, los pomos, las
jaguas, los caimitos, la guama, la guácima y una gran mata de ceiba de un gran
grosor y altura. Probablemente todavía ese árbol esté allí.
En él había un nido de culebras en aquella época. Esa Ceiba era
la única que yo recuerdo haber visto en toda aquella región; y no podría
ponerse en dudas que ya estuviera allí en el tiempo de los Taínos, aunque
yo no podría asegurar su edad. Lo que sí es cierto es que
el árbol de la Ceiba, que es oriundo de esas partes del mundo, se han
reportado algunos de 400 y hasta 500 años. En las inmediaciones de
aquel árbol había una mata de cajuil, una de naranja agria y varias de
guayabas.
En las proximidades
de la mencionada Ceiba corría una profunda cañada, en la que cuando llovía se
colectaba el agua que bajaba de los barrancos y continuaba un largo trayecto
para al final ir a desembocar en el río Unijica. En aquél preciso lugar era
donde nosotros encontrábamos muchas “Piedrecitas de indios”, que fueron
esculpidas por los exterminados indios Taínos, los habitantes de la isla antes
de que llegaran los invasores europeos.
Todos aquellos eran
caminos larguísimos, y servían para comunicar un paraje con otro, y
muchos campesinos del Higo, Las Eneas, Agua Hedionda, El Castillo, Las
Cayas, Nigua, La Peña, El Rejón, Ranchete, y otras localidades tenían que
andarlos montados en burros, mulos o caballos por horas, cargando diferentes
artículos, incluyendo racimos de plátanos o guineos. Que nadie vaya a
imaginarse que aquellos eran caminos fáciles de recorrer; eran pendientes, bajadas
y subidas. Yo recuerdo haber visto algunas personas caminando descalzas, porque
no podían comprar zapatos. Algunas señoras montaban sus animales “A la hembra”,
dando la impresión de que era más confortable para ellas.
Pero, especialmente
los Domingos, venían muchas familias de las vecindades con sus bonitos trajes, a
las celebraciones, a visitar amistades y a comprar en las principales tiendas, que
aquellos días eran las de Don Abelardo García, que vendía los famosos sombreros
Borsalino y los zapatos Thom mCan, y la de Marino Nuñez, que vendía el
riquísimo Queso de hoja español y el Remedio Tiro Seguro, para las lombrices. Esos
eran los dos más importantes comercios de El Mamey en los días de mi niñez. Muchos
visitantes también venían con el propósito de visitar los doctores. En esos
tiempos practicaban dos Médicos allá, el Doctor Rafael Cantisano Arias y el
Doctor Rivera, al que le llamaban “Trompo Loco”, porque era Puertoriqueño. Yo
oí hablar de un médico llamado Doctor Omar LLenas, pero ya ese había
emigrado. Los dos médicos eran excelentes y los pobladores siempre hablaban
bien de ambos.
Algo muy común en
nuestra región es encontrar vestigios de viejas viviendas en el terreno, incluso
pedazos de pilotillos o maderas viejas, siendo esto señal de que muchos
pobladores habitaron el lugar en el pasado. Esto también se puede observar
cuando se hacen excavaciones, y se encuentran pedazos de vidrio y platos rotos,
lo que es indicativo del activo movimiento de inmigración y emigración sucedido
en toda aquella área desde la Época Colonial. Aunque allí fueron
los primeros asentamientos del intruso Europeo, todos los habitantes del
litoral norte de la isla fueron compelidos a abandonar toda aquella zona
durante las llamadas Devastaciones de Osorio, sucedidas en el año 1606.Todas
aquellas florecientes ciudades como Bayajá, Yaguana, Puerto Plata y Monte
Cristi fueron incendiadas, obligando a los habitantes a emigrar hacia el Este
de la Isla. El principal material de construcción usado a su llegada por el
Extraño fue principalmente madera, que era lo que estaba a mano.
Otro motivo por la
constante emigración e inestabilidad poblacional en nuestra región fueron los
diversos conflictos bélicos en la isla, primero las masacres de los Taínos; entonces
las largas guerras contra los llamados Cimarrones, que fueron esclavos
africanos que se sublevaron porque ya no aguantaban más el fuete español, y que
después fueron Guerras contra Haití; después las guerras contra los Piratas que
asolaban la región; entonces la Guerra de Independencia; después la Guerra para
rescatar la Independencia, llamada Guerra de la Restauración de la
Independencia; y finalmente las guerrillas contra los invasores Norteamericanos
contra nuestro país del año 1916,a los que el “Rapaz Americano”
llamara “Gavilleros” para desvirtuar y opacar las verdaderas razones de su
patriótico Levantamiento y Lucha.
No hay lugar a dudas que
los referidos caminos y trillos habían sido caminados por los Taínos, los
habitantes que vivieron en la isla antes de la Invasión Europea. Esta parte de
la isla había pertenecido al Cacicazgo de Maguá, que según los Cronistas había
sido altamente poblado por aquellos aborígenes que antes de ser exterminados
fueron una vez los dueños y señores de la isla. Pues al transitar este Camino
Real se debía bajar al río, a través del Zanjón o de la Barranca. Como la
barranca era muy resbalosa, era preferible dar la vuelta por el Zanjón. Lo único
que desde la barranca durante el día era posible ver el hermoso paisaje de la
laguna, donde se podían divisar numerosos tipos de aves, como Garfilanes, Garzas
blancas y morenas, y Cocos.
Después de pasar el
Zanjón, allí estaba el río Unijica, cubierto por el hermoso follaje; plantas
de guama, una de jabilla, con miles de espinas, una de jobo cuyas amarillas
frutas llenaban el suelo y parte del rio. El jobo es comido por pocas personas,
por ser una fruta simple y hasta insípida, pero es muy medicinal. Si se tomaba
hacia la izquierda había un meandro y a poca distancia había otro y otro más
allá; haciendo como un recodo alrededor de un barranco. Este lugar tenía algo
de atractivo, y era donde yo mencioné que encontrábamos muchas
“Piedrecitas de indios”. Después yo llegué a convencerme de que
allí posiblemente pudo haber habido un poblado taíno; y no se podría dudar
que haya allí un cementerio indígena, y que un día se halle alguna fosa
con restos de los cobrizos habitantes enterrados allí después de alguna
matanza en masa o masacre llevada a cabo por los perversos invasores.
Siguiendo el Camino
había una subida con una carrera de maya a la izquierda y mucho limoncillo de
avispas; cuesta arriba seguía la senda bordeada por la carrera de maya, y sólo
se detenía para presentar una entrada de la única vivienda, donde habitaba
Andrés Mercado y su esposa Francisca, una mujer con los ojos azules; allí habían
cinco perros todos con el mismo nombre: “Chivito”. Continuando el camino, a la
derecha estaba la casa de los llamados Mercados Prietos, estos eran tres
hermanos con la tez muy obscura, con los nombres Taín, José y Catalino,
que provenían de viejas familias del área y cuyos ancestros ya habían muerto
hacía tiempo. Estos personajes se ganaban su vida trabajando por día. Después
de aquella vivienda, allí estaba el portón del Corral para entrar a la
Cerca.
Si uno hubiera
decidido seguir después de este punto y continuar el sinuoso camino, también
llamado Camino de Los Sabinos, venía una larga subida y entonces al tomar la
larga bajada hubiera pasado por la casa de una numerosa familia también
de apellido Mercado, donde vivían los señores Ulises y Sofía, que eran personas
sumamente decentes y educadas; entonces al bajar, por fin se encontraba el río
Marmolejos, en un lugar llamado el Paso de Pancha Villamán, que había que
cruzar pisando sobre una carrera de piedras. Desde allí el camino
continuaba serpenteando, perdiéndose en la lejanía y pasando por un viejo
cementerio, para continuar a través de diferentes localidades y servir de
comunicación a los que habitaban aquellas comarcas. Siendo un muchachito, esto
era lo más lejos que yo recuerdo haber llegado.
Habiendo sido un
Zapatero, el señor Diego conocía muchas historias de la región, pues tanto él
como su esposa eran oriundos del lugar. Ella era miembro de la familia conocida
como Los Bonyeses. En una, él refería de como todo ese fértil terreno que
ahora era propiedad de distintos terratenientes había pertenecido hacía mucho
tiempo a familias de nacionalidad haitiana que habiendo sido los dueños,
trabajaban esos terrenos y tenían grandes sembrados de productos agrícolas; que
allí se “nadaba en la abundancia”. Pero que durante la Dictadura
trujillista todos fueron exterminados, incluyendo niños, ancianos y hasta
mujeres preñadas. Y que cerca de un antiguo cementerio había una hondonada que
estaba rebozada de cadáveres; que encima de los cuerpos los criminales tiraron
troncos de palma y después tierra para cubrir la horrible matanza.
Algo que yo nunca he
podido olvidar acerca aquel señor Diego es cómo él constantemente pitaba. El
poseía una peculiar manera de pitar. Aquel hombre pitaba hasta cuando estaba
ordeñando. En algunas ocasiones él pitaba y cantaba una tonadita con una
melodía tan triste y afligida que uno como que sentía una profunda pena. Aunque
yo he tratado de recordar todos los versos, me ha sido difícil. Los pocos que
he podido recordar decían así:
“Los pícaros jorocones”
Usurparon nuestras
tierras haciéndonos pasar hambre;
su codicia miserable
nos empujó a la miseria.
Usaron los que
gobiernan para que nos maltrataran;
impidiendo reclamar
lo que nos pertenecía.
Se apropiaron a la
fuerza de lo que era de nosotros;
el sustento con el
que mantener nuestra familia.
Violando nuestro
derecho nos botaron al camino;
y enviaron curas
malvados a que nos apaciguaran;
diciéndonos
maliciosos: “no se apeguen a la tierra
que lo bueno
está en el Cielo”;
pero entonces
permitiendo al Pícaro Jorocón
que nos robara las
tierras para acumular riquezas;
sin importarles el
Cielo...
