sábado, 4 de mayo de 2019

El Ordeñador


Por el Doctor José Pérez

De todos los Caminos Reales que salían y entraban al pueblo de El Mamey: El Camino de El Pinto, El Camino de Los Tres Pasos, El Camino de El Rejón, El Camino de Marmolejos, de El Toro, o de Los Meones, El Camino de La Boca de Unijica, El Camino de Romerico, o de La Gallera Vieja, El Camino de Marmolejos Abajo, El Camino de Vuelta Larga ,o del Cementerio, El Camino de los Mercados, o del Zanjón, El Camino de la Loma, El Camino de Piedra Gorda, El Camino de los Morales, o de Los Bonyeses, El Camino de Las Maritas, y el Camino de Marmolejos arriba o de los Sabinos, eran los principales.

Existían otros pequeños trillos que dirigían a uno más que nada hacia los ríos. Esos pequeños senderos eran obligatorios con el trajín de la carga de agua para las necesidades del hogar, como lavar la ropa, y proveer agua para los animales; o para beber o bañarse, que entre nosotros es muy importante, porque, nosotros los Dominicanos somos sumamente pulcros; nos gusta mantener nuestro cuerpo higienizado; de aquí la expresión de que allá, “Con eso casi se nace”. Esta significativa y característica manera de nosotros comportarnos también ha dado origen al dicho “Por ahí iba Fulano muy bañado y oloroso”.

Aunque durante mi niñez y adolescencia yo anduve por todos los caminos probablemente miles de veces, es El Camino de los Mercados, también conocido como de El Zanjón el que con más fuerza reviven  mis memorias infantiles, ya que ese lo aprendí como la palma de mi mano. Con la construcción de las Carreteras, la Carretera Nueva, la Carretera de Marmolejos y la Carretera de Pueblo Nuevo o de La Boca, muchos de aquellos Caminos Reales fueron olvidados, cubiertos por el follaje, o destruidos por la Erosión del terreno, lo que hizo algunos de ellos inaccesibles y difíciles de transitar.

El que muchos de aquellos largos caminos se borraran o desaparecieran fue también consecuencia de los desordenados Desmontes, a lo que hoy se conoce como Deforestación, que ha sido una de las más desafortunadas y dañinas catástrofes que ha ocasionado a nuestro país el aumento poblacional, el nivel de pobreza a que fue empujada la población, y la actitud de resignación y fatalismo a que la larga Tiranía  del grupo encabezado por el sátrapa entreguista Rafael Trujillo sometiera a los dominicanos.

Debido a la dependencia económica, allá nunca ha existido un gobierno que se atreva a tratar de industrializar el país; o a emprender proyectos económicos, no para beneficiar una exclusiva élite, sino hacia el bienestar de la nación; lo que acarrea que la Mentalidad Terrateniente siempre haya sido la principal característica que incide en la idiosincrasia de la población Dominicana. La mentalidad campesina admira, promueve y mantiene el atrasado Estado Terrateniente como algo normal, al que hay que adaptarse o doblegarse; hasta un punto en que ya es raro que aparezca algún movimiento que enfrente los oligarcas y exija que toda la tierra se confisque y se le entregue a sus genuinos dueños, los que la quisieran trabajar.

En aquellos tiempos existían algunos 15 o 20 Hornos de Carbón en distintos puntos de la comarca, que eran usados por los campesinos para venderlo como combustible para “defenderse y mantener sus familias”. Claro, dándole una parte de las ganancias al terrateniente, pues la madera usada en los Hornos venía de los desmontes que hacían esos terratenientes para sembrar café o cacao, y pangola para criar ganado y adquirir riquezas. De esa manera establecieron y mantuvieron las condiciones semifeudales y empujaron a los campesinos a vivir separados de la tierra, obligándolos a establecer sus pequeños bohíos al lado de los caminos, cerca de los alambres de púas, para tener mano de obra barata, explotándolos.

Cuando el campesino se negó a trabajar “Un día por un chele”, el malicioso terrateniente inventó el dicho de que “Al dominicano no le gusta trabajar”. Un negocio Redondo: Le roba la tierra, lo expulsa del área y también lo llena de oprobio. Entonces el campesino agarró su larga familia y se fue a vivir a los cinturones de miseria de las grandes ciudades; ayudando a conformar de esa manera “El Ejército de los desposeídos”. No otra cosa podía hacer en ese momento, pues para haber podido dar la cara y enfrentarse al poderoso, hubiera necesitado de la ayuda de una Clase Social todavía inexistente, el Proletariado.

No que la situación ha cambiado un ápice, pues muchas personas que desean invertir en el territorio Dominicano lo primero que piensan es en comprar una finca para criar Ganado, en lugar de decidir   establecer una fábrica de maíz, cacao, café, u otro rubro; lo que generaría trabajo para muchos padres de familia. Este estado de la imposición de la Tenencia de Tierra en la región ha causado que muchos forasteros jamás sienten cabeza en el área; provocando un vaivén de la gente, fundamentalmente por la falta de trabajo. La costumbre se ha mantenido invariable por años; escoger a El Mamey como una catapulta, para entonces emigrar hacia otro sitio donde ellos puedan hallar trabajo, y hasta echar raíces. Tradicionalmente, los latifundistas de la región son los que han impuesto las Reglas del juego.

Como es de esperarse, cualquiera que trate de cambiar ese círculo, inmediatamente es visto “Con malos ojos” por los intereses que se benefician manteniendo el atraso, el mundo estático y asfixiante del dominio latifundista en el campo; con las creencias religiosas que le sirven de llantas a un vehículo que vegeta, no se mueve y vive mohoso; pero que se lo hacen tragar a la población como un mal purgante, obligándola a deglutirlo. Esto es tan manifiesto que cualquiera que se atreva a gritar: “Tierra para el que la trabaja”, es sometido a todas clases de vejaciones y persecuciones por los llamados Cuerpos Castrenses y Policiales que la Oligarquía creó hace mucho para que la defiendan.

Pues muchos de esos caminos eran diariamente andados por los pobladores de los distintos parajes que constituían la región. Por supuesto no hay que olvidar que después de la llamada Revolución Industrial en los países capitalistas, los medios de transporte cambiaron, y muchos de aquellos Caminos Reales fueron sustituidos por Carreteras, Avenidas y Autopistas. Ello no es más que el resultado de la prisa que se ha apoderado del humano, para tratar de adaptarse a los cambios que han ocurrido en el mundo. Para poder desarrollar la Sociedad, el humano necesita agilizar y facilitar la forma de comunicarse.

Tres ríos confluencian en el área llamada La Boca de Unijica, el Marmolejos, el Unijica y el Cordobín. Esas Corrientes acuáticas presentan signos de que una vez, quizás en la Época Taína, fueron vías con considerable caudal; antes de que empezaran las tumbas y los desmontes, que dejaron al descubierto el terreno, y cuando llegan los aguaceros, las crecidas o aluviones de esos ríos erosionan el terreno y arrastran el sostén de los bosques y el material orgánico hacia el océano. Esta ha sido otra de las causas de la destrucción de los  viejos Caminos Reales.

El problema del aumento de la población y su efecto en los bosques y terrenos no es sólo un problema de la República Dominicana; sino del humano y el planeta. Todos los países del mundo lo sufren y tratan de buscarle solución. Si no hay plantas no hay vida. Si no hay gente, no se sabe que hay vida. Y muchas veces las gentes necesitan el espacio de los árboles para construir sus viviendas, que es donde se inicia la destrucción del Medio Ambiente. Parece que al final la gran contradicción se resolvería por medio de una acción planificada de buena fe, proteger las gentes y proteger los árboles y el agua.

El camino del Zanjón o de Los Mercados era poco habitado en aquellos tiempos; allí vivía Doña Teolinda Mercado acompañada por su larga familia; a alguna distancia, y cercano al barranco vivían Don Manuel y Doña Esperanza Zapey, que era también una amplia familia, con numerosos niños con quienes yo jugaba. Esta familia tenía una crianza de chivos. Doña Esperanza era una de las personas más decentes y agradables que yo puedo recordar. Yo debo haber sido 10 u 11 años cuando empecé a caminar aquellas soledades en tempranas horas de la madrugada. Después de levantarme y asearme, yo salía caminando para cruzar las obscuridades de aquel camino. Caminar, subir, bajar, subir y bajar otra vez; entonces había que pasar a través del Zanjón. Este pedazo del camino era obscuro y tenebroso; para mí en ese tiempo, ese trecho era aterrador y espantoso; cuando pasaba de allí, ya todo se percibía más placentero y acogedor.

Cuando uno llegaba a la Cerca, primero había que localizar y amarrar un burro, y entonces empezar a recoger o colectar las vacas que iban a ser ordeñadas esa mañana. Cuando ya las vacas estaban en el Corral, entonces había que esperar a que llegara el señor Diego, que era El Ordeñador. En realidad el principal oficio de Diego era arreglar zapatos, él era un zapatero que sabía hacer hormas y baquetas de cuchillos y colines, y que hacía de Ordeñador para conseguir un poco de dinero extra. Diego llegó a tener mucha pericia como Ordeñador. El proceso de ordeñar es curioso; había un Corral donde se encontraban los becerros que habían sido “Achicados” la tarde anterior, para que no mamaran la leche de las mamás a través de la noche.

Entonces se comenzaba por traer una mamá y se sacaba el becerrito, su hijo o hija. Este becerrito o becerrita había que dejarlo que mamara un poco, porque así “le bajaba” la leche a la vaca (la mamá); tenía que ser su hijo o hija, porque si se le ponía otro, ella le daba una patada, y no lo dejaba que mamara. Entonces, después de “amamantar” esa vaca, se debía despegar el becerrito, amarrándolo separado porque él estaba muy hambriento.

La mamá tampoco quería que le quitaran su hijo, pero para aquietarla se usaba algo llamado “La Manea”, que era un corto pedazo de soga con la que se le ataban dos patas. Entonces el Ordeñador ordeñaba la vaca; cuando él terminaba de colectar la leche en un cubo, entonces se soltaba el becerrito y por fin iba a saciar su hambre, y a estar con su mamá todo el día, hasta que llegara la tarde, donde se iniciaba de nuevo el mismo proceso.

Toda la leche así colectada por el Ordeñador, era entonces echada en dos cubos bien limpios y llevada a “La Casa”, donde por lo general, todos los días había 20 o 30 personas conglomeradas esperando para comprarla. Muchas de esas personas eran las mamás de los niños de El Mamey, que tenían que prepararles lo biberones a esos niñitos. En algunas ocasiones la leche llegaba tarde por diferentes razones y se podía notar el desespero de las preocupadas mamás, que sufrían por tener sus hijos hambrientos.

De todo el proceso, el comienzo es cuando se “Achican” los becerritos; porque ellos no quieren separarse de sus mamás, y corren y se esconden, al saber o presentir que los están aislando de sus madres, para ponerlos a pasar hambre, impidiéndoles usar su nutriente natural. Después de transportar la leche para ser usada por los moradores, que la compraban quizás a cinco o diez cheles la botella, entonces yo me bañaba, y me iba a la Escuela. En la tarde, después de regresar de la Escuela y comer, era mi tarea llevar los cubos y  “Achicar” los becerros. Esta ocupación fue algo que yo hice por años, y que conlleva una responsabilidad diaria que no reconoce día de fiesta, día ventoso, día lluvioso o día de Cumpleaños.

En aquellos tempranos tiempos yo hice grandes relaciones, como mi querido Justo Batista un verdadero hombre, trabajador, honesto, noble, padre de familia, honorable y pobre. Mi amigo Tite Mejía, mi querido amigo Darío Mercado, mi amigo Juancito Batista y muchos otros de mis años de niño, que me ayudaron a hacer la vida más placentera, alegre e interesante. Ellos contribuyeron a darle un carácter humano, amistoso, responsable y disciplinado a mi joven vida. En mis años de adolescencia yo también pude sentir la influencia de la Maestra Nereida Perez (Teté) uno de los personajes más modestos y altruistas que ha conocido nuestra región.

En las paredes del Zanjón había muchas cuevas de buhos o cucúes, que habían hecho del sitio sus moradas. Al salir del tétrico lugar había una subida con un fangar, y más para allá un avispar, una planta de nísperos y varias matas de mamones; También habían varias clases de mangos; pero había una clase de mangos en particular que les llamaban “Peluitos” que para mí era el mejor mango, aún mejor que el “Colón” o el “Prietico”, el “Tablita”, el “Mameyito” o el “Mariposa”. Y fue en aquel lugar en que yo por primera vez vi una batata de las llamadas “Yema de huevo”, cuyo color curiosamente llamó mi atención.

A pesar de lo tenebroso de esos contornos para mi edad, durante todos aquellos años, yo siempre pude observar todo natural, el mundo como era; los mangos, los pomos, las jaguas, los caimitos, la guama, la guácima y una gran mata de ceiba de un gran grosor y altura. Probablemente todavía ese árbol esté allí. En él había un nido de culebras en aquella época. Esa Ceiba era la única que yo recuerdo haber visto en toda aquella región; y no podría ponerse en dudas que ya estuviera allí en el tiempo de los Taínos, aunque yo no podría asegurar su edad. Lo que sí es cierto es  que el árbol de la Ceiba, que es oriundo de esas partes del mundo, se han reportado algunos de 400 y hasta 500 años. En las inmediaciones de aquel árbol había una mata de cajuil, una de naranja agria y varias de guayabas.

En las proximidades de la mencionada Ceiba corría una profunda cañada, en la que cuando llovía se colectaba el agua que bajaba de los barrancos y continuaba un largo trayecto para al final ir a desembocar en el río Unijica. En aquél preciso lugar era donde nosotros encontrábamos muchas “Piedrecitas de indios”, que fueron esculpidas por los exterminados indios Taínos, los habitantes de la isla antes de que llegaran los invasores europeos.

Todos aquellos eran caminos larguísimos, y servían para comunicar un paraje con otro, y muchos  campesinos del Higo, Las Eneas, Agua Hedionda, El Castillo, Las Cayas, Nigua, La Peña, El Rejón, Ranchete, y otras localidades tenían que andarlos montados en burros, mulos o caballos por horas, cargando diferentes artículos, incluyendo racimos de plátanos o guineos. Que nadie vaya a imaginarse que aquellos eran caminos fáciles de recorrer; eran pendientes, bajadas y subidas. Yo recuerdo haber visto algunas personas caminando descalzas, porque no podían comprar zapatos. Algunas señoras montaban sus animales “A la hembra”, dando la impresión de que era más confortable para ellas.

Pero, especialmente los Domingos, venían muchas familias de las vecindades con sus bonitos trajes, a las celebraciones, a visitar amistades y a comprar en las principales tiendas, que aquellos días eran las de Don Abelardo García, que vendía los famosos sombreros Borsalino y los zapatos Thom mCan, y la de Marino Nuñez, que vendía el riquísimo Queso de hoja español y el Remedio Tiro Seguro, para las lombrices. Esos eran los dos más importantes comercios de El Mamey en los días de mi niñez. Muchos visitantes también venían con el propósito de visitar los doctores. En esos tiempos practicaban dos Médicos allá, el Doctor Rafael Cantisano Arias y el Doctor Rivera, al que le llamaban “Trompo Loco”, porque era Puertoriqueño. Yo oí hablar de un médico llamado Doctor Omar LLenas, pero ya ese había emigrado. Los dos médicos eran excelentes y los pobladores siempre hablaban bien de ambos.

Algo muy común en nuestra región es encontrar vestigios de viejas viviendas en el terreno, incluso pedazos de pilotillos o maderas viejas, siendo esto señal de que muchos pobladores habitaron el lugar en el pasado. Esto también se puede observar cuando se hacen excavaciones, y se encuentran pedazos de vidrio y platos rotos, lo que es indicativo del activo movimiento de inmigración y emigración sucedido en toda aquella área desde la Época Colonial. Aunque allí fueron los primeros asentamientos del intruso Europeo, todos los habitantes del litoral norte de la isla fueron compelidos a abandonar toda aquella zona durante las llamadas Devastaciones de Osorio, sucedidas en el año 1606.Todas aquellas florecientes ciudades como Bayajá, Yaguana, Puerto Plata y Monte Cristi fueron incendiadas, obligando a los habitantes a emigrar hacia el Este de la Isla. El principal material de construcción usado a su llegada por el Extraño fue principalmente madera, que era lo que estaba a mano.

Otro motivo por la constante emigración e inestabilidad poblacional en nuestra región fueron los diversos conflictos bélicos en la isla, primero las masacres de los Taínos; entonces las largas guerras contra los llamados Cimarrones, que fueron esclavos africanos que se sublevaron porque ya no aguantaban más el fuete español, y que después fueron Guerras contra Haití; después las guerras contra los Piratas que asolaban la región; entonces la Guerra de Independencia; después la Guerra para rescatar la Independencia, llamada Guerra de la Restauración de la Independencia; y finalmente las guerrillas contra los invasores Norteamericanos contra nuestro país del año 1916,a los que el “Rapaz  Americano” llamara “Gavilleros” para desvirtuar y opacar las verdaderas razones de su patriótico Levantamiento y Lucha.

No hay lugar a dudas que los referidos caminos y trillos habían sido caminados por los Taínos, los habitantes que vivieron en la isla antes de la Invasión Europea. Esta parte de la isla había pertenecido al Cacicazgo de Maguá, que según los Cronistas había sido altamente poblado por aquellos aborígenes que antes de ser exterminados fueron una vez los dueños y señores de la isla. Pues al transitar este Camino Real se debía bajar al río, a través del Zanjón o de la Barranca. Como la barranca era muy resbalosa, era preferible dar la vuelta por el Zanjón. Lo único que desde la barranca durante el día era posible ver el hermoso paisaje de la laguna, donde se podían divisar numerosos tipos de aves, como Garfilanes, Garzas blancas y morenas, y Cocos.

Después de pasar el Zanjón, allí estaba el río Unijica, cubierto por el hermoso follaje; plantas de guama, una de jabilla, con miles de espinas, una de jobo cuyas amarillas frutas llenaban el suelo y parte del rio. El jobo es comido por pocas personas, por ser una fruta simple y hasta insípida, pero es muy medicinal. Si se tomaba hacia la izquierda había un meandro y a poca distancia había otro y otro más allá; haciendo como un recodo alrededor de un barranco. Este lugar tenía algo de atractivo, y era donde yo mencioné que encontrábamos muchas “Piedrecitas de indios”. Después yo llegué a convencerme de que allí posiblemente pudo haber habido un poblado taíno; y no se podría dudar que haya allí un cementerio indígena, y que un día se halle alguna fosa con  restos de los cobrizos habitantes enterrados allí después de alguna matanza en masa o masacre llevada a cabo por los perversos invasores.

Siguiendo el Camino había una subida con una carrera de maya a la izquierda y mucho limoncillo de avispas; cuesta arriba seguía la senda bordeada por la carrera de maya, y sólo se detenía para presentar una entrada de la única vivienda, donde habitaba Andrés Mercado y su esposa Francisca, una mujer con los ojos azules; allí habían cinco perros todos con el mismo nombre: “Chivito”. Continuando el camino, a la derecha estaba la casa de los llamados Mercados Prietos, estos eran tres hermanos con la tez muy obscura, con los nombres Taín, José y Catalino, que provenían de viejas familias del área y cuyos ancestros ya habían muerto hacía tiempo. Estos personajes se ganaban su vida trabajando por día. Después de aquella vivienda, allí estaba el portón del Corral para entrar a la Cerca.

Si uno hubiera decidido seguir después de este punto y continuar el sinuoso camino, también llamado Camino de Los Sabinos, venía una larga subida y entonces al tomar la larga bajada hubiera pasado por la casa de una numerosa  familia también de apellido Mercado, donde vivían los señores Ulises y Sofía, que eran personas sumamente decentes y educadas; entonces al bajar, por fin se encontraba el río Marmolejos, en un lugar llamado el Paso de Pancha Villamán, que había que cruzar pisando sobre una carrera de piedras. Desde allí el camino continuaba serpenteando, perdiéndose en la lejanía y pasando por un viejo cementerio, para continuar a través de diferentes localidades y servir de comunicación a los que habitaban aquellas comarcas. Siendo un muchachito, esto era lo más lejos que yo recuerdo haber llegado.

Habiendo sido un Zapatero, el señor Diego conocía muchas historias de la región, pues tanto él como su esposa eran oriundos del lugar. Ella era miembro de la familia conocida como Los Bonyeses. En una, él refería de como todo ese fértil terreno que ahora era propiedad de distintos terratenientes había pertenecido hacía mucho tiempo a familias de nacionalidad haitiana que habiendo sido los dueños, trabajaban esos terrenos y tenían grandes sembrados de productos agrícolas; que allí se “nadaba en la abundancia”. Pero que durante la Dictadura trujillista todos fueron exterminados, incluyendo niños, ancianos y hasta mujeres preñadas. Y que cerca de un antiguo cementerio había una hondonada que estaba rebozada de cadáveres; que encima de los cuerpos los criminales tiraron troncos de palma y después tierra para cubrir la horrible matanza.

Algo que yo nunca he podido olvidar acerca aquel señor Diego es cómo él constantemente pitaba. El poseía una peculiar manera de pitar. Aquel hombre pitaba hasta cuando estaba ordeñando. En algunas ocasiones él pitaba y cantaba una tonadita con una melodía tan triste y afligida que uno como que sentía una profunda pena. Aunque yo he tratado de recordar todos los versos, me ha sido difícil. Los pocos que he podido recordar decían así:
                                                               
                                                                 “Los pícaros jorocones”

Usurparon nuestras tierras haciéndonos pasar hambre;
su codicia miserable nos empujó a la miseria.
Usaron los que gobiernan para que nos maltrataran;
impidiendo reclamar lo que nos pertenecía.
Se apropiaron a la fuerza de lo que era de nosotros;
el sustento con el que mantener nuestra familia.
Violando nuestro derecho nos botaron al camino;
y enviaron curas malvados a que nos apaciguaran;
diciéndonos maliciosos: “no se apeguen a la tierra
que lo bueno está en el Cielo”;
pero entonces permitiendo al Pícaro Jorocón
que nos robara las tierras para acumular riquezas;
sin importarles el Cielo...