martes, 20 de diciembre de 2016

Cuando la Provostá

Por el Doctor José Pérez

Que su nietecita no viniera a verla esta mañana no fue un motivo de preocupación para doña Anselma. Muchas veces la mamá se la llevaba con ella a visitar la otra abuela, su mamá, que sufría de Erisipela y periódicamente se ponía que casi no podía valerse por ella misma. Ya la mamá de Piadosa estaba entrada en edad, y como era bien sabido, no hay cosas que se atraigan más que la vejez y los achaques. Así que, mientras esperaba, doña Anselma comenzó el día haciendo algunos de los pocos oficios que sus fuerzas le permitían. Ya ella podía oír como algunos de los pocos animales que ella tenía sonaban intranquilos, como pidiendo comida.
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Piadosa tenía que aprovechar algo del poco tiempo de que ella disponía. Ella tenía que parar los quehaceres de la casa, para salir temprano, con los primeros claros del día. Cuando  ella se levantaba en la madrugada, primero ella  tenía que asear los muchachos para el camino. Lo único sí, que ella dejaba todo arreglado de noche para no tener que andar loqueando en la madrugada. A esa hora había que tener cuidado, porque para el tiempo en que ella salía, todavía era oscuro, y el camino era demasiado escarpado, con troncos que a veces se caían en la noche; además, había un trecho en que había que caminar por la orilla de la laguna a esas tempranas horas. Algunas veces los niños se paraban a oír las yaguasas, que a esa hora cantaban como para anunciar la llegada del nuevo día.


Las mañanas por esos alrededores eran notablemente agradables y tranquilas. Algunas veces se podía escuchar el vuelo repentino de un cucú, que volaba inesperadamente y que quizás podía producir un pequeño escalofrío; pero, en término general, todo parecía seguro y tranquilo. El aire en las mañanas era fresco y embriagador. Las mayorías de las veces, para el tiempo en que el sol dejaba ver sus primeros rayos en el lado del Este, ya ellos habían avanzado lo suficiente como para  darles un respiro a los muchachitos y quizás encontrar alguna guanábana, mamón o caimito maduros en los alrededores. Ella había acostumbrado sus dos hijos a que les gustaran las frutas, porque  ella pensaba, que ello era una bueno para mantenerlos saludables.

A los niños hasta les gustaba levantarse temprano, cuando iban a visitar la abuela, doña Clota. Esta era una oportunidad para que ellos comieran casabe con ajo,que la vieja sabía hacer como nadie y que a ellos les fascinaba. La abuela también siempre tenía miel de abeja en panal, que el primo Roque traía cuando decatriaba la colmena, cerca del lindero que llevaba a la montaña, por donde había  un pedregal. Otra cosa que ella  sabía hacer era guanimos y, de vez en cuando, panesicos. A los panesicos ella les ponía un sabor a orégano y menta que los hacía deliciosos. Esto, según doña Clota decía, ella lo había aprendido de su propia abuela, que le enseñó a hacerlos, cuando  ella misma era pequeña

Doña Clota no tenía vacas, ni ninguna otra crianza de animales. Desde que su esposo Catalino había muerto, hacía ya once años, era muy difícil mantener todo en orden. Ellos una vez habían tenido un perro llamado Capitán que los acompañó por muchos años, pero Capitán había muerto de vejez hacía como tres inviernos. Toda la familia había sentido a Capitán, porque ese era un buen perro guardián, que le gustaba perseguir a los hurones y los mantenía alejados, evitando que les comieran los huevos a las gallinas. Doña Clota pensaba que ya ella estaba demasiado vieja para dedicarse a tantos oficios, especialmente con el dolor que a ella le daba en la pierna, con esa Erisipela. Una vez a ella la llevaron en parigüela donde el Practicante, pero el dolor en la pierna nunca se le había quitado. El Practicante le había dado un ungüento para que hiciera una cataplasma y se lo pusiera cuando se sintiera más mal. Cuando la niña solía venir con la mamá a visitarla, ella la ponía a darle una fricción. Y esa nietecita suya era tan servicial y tan buena,que despues de esa fricción ella se sentía tan mejor. Así que cuando Piadosa venía con los muchachos, para ella era un día de gran alegría. Ellos se pasaban el día, pero tenían que irse temprano, antes de que se les hiciera de noche.

Mamá,”¿dónde está la gallina pinta, que tenía el nido en el mayar,debajo de la mata de mangos colones?” Preguntó Piadosa, mirando en derredor.
“Esa gallina nunca más volvió”, contestó doña Clota, agregando ”Roque dijo que él cree que los hurones la mataron para comerle los huevos. Un dia por la mañana yo la oí carareando, pero después de eso se desapareció y ya no volví a saber más de ella. Tan buena ponedora que era esa gallina.”Concluyó la vieja.

El bohío de doña Clota estaba hecho de tablas de palma y, aunque estaba un poco destartalado, ella trataba de mantenerlo limpio, barriendo el suelo como ella podía, con una escoba de tirigüillo. Por agua ella no tenía que preocuparse. Cerca del bohío había una noria que salía de la peña y se hacía un pozo, que siempre estaba lleno de agua fresca y cristalina. El pozo estaba ahí, a algunos pasos del bohío. Un hombre que pasó un día por el camino, hacía ya mucho tiempo, y que se paró a pedir agua, había dicho que esa noria venía de un río subterráneo. Alrededor del bohío habían dalias y begonias, y había una vieja mata de gardenias que había sido sembrada por la mamá de su esposo Catalino hacía muchos años. También, en el otro lado había una mata de rufiana, que cuando estaba ventoso regaba el olor por donde quiera. El bohío estaba ubicado a la sombra de una mata de cañafístol, que ya estaba allí cuando se construyó, y donde se amarraba un burro que tubo Catalino en aquellos tiempos.

Antes de la muerte de Catalino, allí habían habido mejores días. Ellos hasta chivos llegaron a criar. La misma Piadosa había crecido bebiendo leche de una chiva prieta que ellos tuvieron, porque ella había nacido mala comedora. En una ocasión, Catalino decidió empezar una crianza de pavos, pero uno por uno se fueron volando y nunca más se volvieron a ver. Otra vez, a Catalino le dio con hacer una pocilga debajo de la mata de tamarindo, donde él había tenido  tres puercos que  engordó echándoles aguacates morados de unos que tienen el cuello largo, porque Catalino decía que esos son los mejores aguacates para engordar los puercos. 

Catalino siempre estaba haciendo planes acerca de lo que él iba a hacer con la venta de esos puercos. Un año vinieron unos días calurosos, y todo se quemó con la seca; entonces entró el Dandí y los puercos se murieron en una semana. Había un puerquito gordo papacote que tenía unas manchas blancas y que Catalino siempre hablaba del uso que le iba a dar a las botellas de manteca y de los buenos chicharrones que se le iban a sacar a ese animal.
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Doña Anselma esperaba la niña todas las mañanas, su nombre era Natividad, pero todos la llamaban Nati. La niña venía antes de irse para la escuela. Esa Nati sí que era una muchachita despierta. Ella la ayudaba a arreglar la cama y a limpiarla, porque ella casi no se podía  mover, con ese Reumatismo que la atacaba más en las horas de la mañana, y que le impedía mover las rodillas. Y como ella vivía en un fundo no lejos de donde vivía su hijo, ellos mandaban la niñita todos los días a ayudarla. Esa Nati era tan hacendosa y ponía tanto empeño y cuidado para hacer las cosas. Ella vivía diciendo que cuando creciera iba a ser una enfermera. A ella le fascinaba la lectura. Esa leía todo lo que le cayera en las manos. Los maestros de la escuela siempre le estaban dando papeles de reconocimiento por lo inteligente y puntual que ella era. Uno casi no lo hubiera
creído, siendo ella tan pequeña.

Cuando doña Anselma oyó tocando la puerta, ella pensó que probablemente Nati había venido un poco más tarde. Muchas veces había sucedido que la escuela comenzaba más tarde, y entonces la mamá, Piadosa, la ponía a hacer oficios o la mandaba con el hermanito a comprar alguna necesidad a la pulpería, ya fuera azúcar, sal, aceite, o cualquier otra cosa. A veces ella llegaba allá comiéndose una chupeta, un bolón o una canquiña, que el dulce es para el muchacho lo que el agua es para las plantas, o el oxígeno para uno mismo. Ella fue a abrir la puerta, pero cuando levantó la aldaba, ella se quedó sorprendida porque no era la niña que había venido, sino dos guardias armados con fusiles, que habían llegado montados en unos mulos, y ella ni siquiera los había oído llegar.

”Doña Anselma”, dijo uno de los recién llegados,“y usted solita por aquí!” Mirando para la puerta de la entrada de la casa, como buscando por algo.
“Sí, solita en alma” contestó la vieja, agregando: ”Después que uno se pone viejo, nadie quiere ni siquiera voltear la cara para donde uno está.”
”Nos vamos a parar un rato aquí para darles descanso a los mulos. Estos son los animales más haraganes y mañosos!”dijo el otro guardia, que tenía la cara como picada de viruelas.
“Bueno,”contestó doña Anselma,”acomódense como ustedes puedan, porque yo no puedo ayudarlos, con este Reumatismo que me ha cogido las rodillas.”

Había sucedido en muchas ocasiones,que gentes se paraban a saludarla,a pedir agua o algún otro favor, cosa que en realidad no la molestaba, desde que ella vivia siempre en soledad, y la consolaba aunque fuera el oír a la gente hablando. Pero,con apego a la verdad, a ella no le gustaban los guardias, porque siempre andaban enseñando los fusiles como para atemorizar, no importaba que fuera una pobre vieja como ella, ya en los últimos años de su vida. Ellos siempre como que le daban una mala impresión. Esas personas tenían un comportamiento rudo y arrogante, como si ellos se creyeran mejor que las otras gentes. Además, que esos soldados siempre andaban con “una cara de pocos amigos”, insultando los pobres y creyéndose los dueños del mundo. Ella misma tuvo un sobrino que llegó a ser un cabo y que por estar de insolente y boca dura, lo mataron en una jugada de gallos, hacía muchos años.

De todas maneras, esas gentes siempre le daban a ella un sentido de inseguridad. El pobre Don  Chepe, su esposo, que en paz descanse, siempre decía que en el mundo no había dos tipos de gentes más tenebrosos que un soldado y un cura. El decía que el soldado es el hombre que mata, mientras que el cura es el hombre que miente. Don Chepe decía que aunque a la gran mayoría de los soldados los sacan de entre los pobres, a ellos los entrenan para proteger los ricos, les cambian las mentes  y entonces ellos defienden a los ricos más de lo que los ricos se defienden ellos mismos. Por eso, cuando los guardias se fueron, como una hora mas tarde, ella en realidad no les echó de menos, ni les hizo mucho caso. Ella sólo oyó el ruido de los animales alejándose. A ella sí le resultó extraño el oír que cuando ellos se fueron, ellos como que se  iban riendo a carcajadas.

Cuando los guardias salieron, doña Anselma se sentó en la mecedora ancha donde ella se sentía confortable, y que había sido fabricada por don Chepe del palo de guayacán, que es conocido por su dureza y duración. La vieja se quedó dormida un buen rato, despertando cerca de dos horas más tarde. Cuando ella al fin pudo ir afuera, fue que ella se dio cuenta de lo que los guardias habían hecho y porqué la tanta risa en su partida. Los guardias se habían llevado el maíz de las gallinas, también se cogieron a Pirulí, un lechoncito que ella se había sacado en una rifa y que con tanto esfuerzo venía engordando; además ellos se habían orinado en el pozo del agua de beber, un acto bochornoso que a ellos probablemente les resultó cómico. Dona Anselma quedó sorprendida, pensando  que cómo podía haber gentes con tan bajos sentimientos y tan indignos.
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Esa nietecita de ella sorprendía a cualquiera, por lo despierta y sabichosa y lo mucho que le gustaba ayudar. Ella como que nació con eso de gustarle la lectura; esa le ponía las manos a todo lo que tuviera letras. Dona Clota recordaba la primera vez que la niña vió el cuadro que ella tenía en la parte de arriba de la puerta de entrada de la casa. Ese signo estaba ahí desde los tiempos de Catalino, y no era porque a Catalino le importara mucho, pero tener ese cuadro a la vista era algo de vida o muerte. Pues aquella vez, cuando Nati  le dijo que ella sabía lo que decía el cuadro, y se lo leyó, doña Clota casi no podía creer lo que ella estaba oyendo.

En la tardecita, después que los muchachos habían jugado y correteado hasta más no poder, Piadosa comenzó a prepararse para el camino.

“Muchachos, vengan que ya casi es hora de irnos.!” les voceó Piadosa, un poco apresurada, pensando en el viaje de regreso.

“Pía, mira, te preparé unos panesicos y un poco de casabe con ajo para que se los lleve a los niños para el camino. Diles que beban agua antes de irse. Dijo doña Clota, llamando a Piadosa por el nombre familiar que ella usaba llamarla cuando pequeña.

Mientras correteaban alderredor, Nati  había quitado el cuadro que estaba arriba de la puerta, para leerlo. A ella le gustaba el cuadro porque parecía de oro. Sólo que en su diversión infantil, a ella se le olvidó ponerlo para atrás en su puesto, y nadie le había echado de menos.

Ya cuando estaban despidiéndose, les llegó un ruido que venía de la dirección del río. Parecía de animales que venían corriendo.

“Parece que alguien viene, Mamá,”dijo Piadosa, ya con el bulto en las manos.

“Ese debe de ser Roque que algunas veces pasa por aquí al atardecer, cuando viene de trabajar. Por allá a él le queda más cerca, pero a veces él prefiere dar la vuelta para venirme a ver.”Dijo la vieja, poniéndose las manos sobre los ojos por el sol y mirando en aquella dirección.

“Son dos caballos, yo los puedo ver desde aquí, que vienen subiendo por el camino.”Contestó Piadosa, también cubriéndose de los rayos del sol con una mano.

Pero no era Roque, ni eran dos caballos los que se aproximaban. Eran dos guardias montados en sendos mulos.

“Dona Clota, pues usted tiene visita hoy!”Exclamó uno de los guardias, que tenía la cara como picada de viruela. Mientras el otro guardia se dirigía hacia la puerta de la casa, como chequeando algo.

“Sargento Motón, aquí no lo tienen”,le gritó él al que hablaba con la vieja.

“Mira bien Ponzoña, a ver si la vieja lo tiene en la otra puerta.” le contestó el llamado Motón.

Piadosa y doña Clota se miraron las caras sin comprender de lo que hablaban los guardias.

“¿Qué es lo que ustedes buscan? Preguntó Piadosa, sin comprender.

“El retrato del Jefe, que ustedes, comunistas, enemigos del gobierno lo quitaron y ahora van a pagar por eso,”exclamó el sargento Motón.

“Pero ese cuadro está ahí donde siempre ha estado”, trató de explicar la vieja.

“Ponlos para allá, Ponzoña, cerca del tronco de la mata de tamarindo y prepara el fusíl”, ordenó el sargento Motón. Ponzoña, cogiendo las mujeres por los brazos, las arrastró hacia el tamarindo.

Fue entonces que la niña Nati, realizó lo que estaba pasando, y se recordó del cuadro, saliendo corriendo para donde ella lo había dejado.

Un disparo se oyó, que rompió el silencio, con la pobre niña en el piso, anegada en sangre, con la cabeza destrozada. Entonces los guardias, sin control y sin razón siguieron disparando hasta acabar con las dos mujeres, llevándose por delante también al niñito, que lleno de espanto se había escondido en una yerba de guinea.

Después del horroroso episodio macabro, los guardias prepararon sus mulos y se fueron. Uno de los mulos pisó un cuadro dorado que estaba en la orilla del camino, al lado de una mata de feregosa. En el cuadro se podían leer las letras:”En esta casa Trujillo es el Jefe”
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En el cuartel militar se hizo el reporte de lo sucedido. Al otro día se pudo leer en la primera página del periódico “El Clarín”, la noticia acerca del trágico suceso:”En el dia de ayer los comunistas alevosamente asesinaron a dos mujeres y dos niños mientras trataban de robarles. El Coronel Brincacharcos, comandante de la guarnición militar prometió una exhaustiva investigación para castigar a los peligrosos bandidos.” Después de su informe, el sargento Motón  y el raso Ponzoña, sabiéndose intocables, se fueron a tomar unos tragos para celebrar la hazaña, porque, según ellos,”Nadie se podía propasar con el Jefe”. 
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Mientras tanto, en el otro lado de la colina, en el fundo rodeado de verdolaga, cayena, campanitas y calabazitos, hay una viejita con reumatismo que cada vez que oye un ruido, aunque sea el viento moviendo las yaguas en las dos matas de palma, se acerca a ver por una rendija en la pared del bohío, con la esperanza de que sea su nietecita Nati que viene a darle el sobo en las rodillas, a ver si ella se puede mejorar un poco de ese Reumatismo.