martes, 3 de mayo de 2016

Costumbres que se nos han ido

Por Efraín Ortega

Algunas veces quisiéramos retrotraer el tiempo, aunque nos llamen anticuados y sin arrepentimiento, les juro que lo haría.

En ocasiones cuando he salido a mi carro, me encuentro con unas fundas plásticas llenas de yuca, plátanos, guineítos etc. Que sin averiguar, ya sé quién me las dejó sobre el bonete.
Mi  vecino y compadre Fausto.

Ayer domingo, día del trabajador, quería comer un locrio de arenque pero en mi casa aparte de mí a nadie le agrada. Sin embargo, mi mujer aún conteniendo el deseo de tirármelo encima preparó mi cocinado. Rato más tarde, estaba solo con mi paila llena de locrio que tenía dos olores: exquisito para mí y desagradable para el resto de mi familia.

Llamé por teléfono como es de rigor, a mi amigo, hermano, compadre y vecino para ofrecerle parte de este gourmet, me respondieron que él estaba un poco más abajo en casa de su madre, una anciana que está muy delicada de salud a quién él: baña, viste, corta las uñas, peina y cuida como si fuera una niña y que envés de internarla en una casa para ancianos como hacen los muy modernos de estos tiempos, él en cambio voluntaria y gustosamente asume como su responsabilidad.

Así que eché parte del locrio en una cacerola y me fui a llevarle mi arencada al compa.

Imagínense yo caminando por la calle de un sector exclusivo de esta ciudad de Santiago, con cantina en mano. Entonces, recordé cuando mi madre me mandaba antes de haber comido a llevarle la comida a mi abuela y de paso dejarle la suya a mi tía Nena.  A mi regreso volvía con las comidas que le enviaban ellas a mamá, era un intercambio que ahora parecería tonto; comida por comida. Me recordó también, cuando me mandaban por un poco de sal donde los vecinos más cercanos que a veces eran los suplidores de algunos detalles para la comida, ese intercambio hacía más noble y llevadera la vida de la sociedad campestre. Y no faltó que me preguntara  ¿Dónde se han quedado esas costumbres?, ¿Por qué nos hemos modernizados tanto que hemos perdido la humanidad de las cosas, ¿ Por qué cambiamos el pedir la bendición a los mayores por la indiferencia de un celular?, ¿Por qué nos avergonzamos de nuestros ancestros? ¿Cómo fue que se nos olvidó el maroteo: bañarnos en el río, besar la mano a los adultos, respetar los mayores con los cuales no estábamos emparentados necesariamente.

Mi amigo nació en la loma de San Víctor, yo en Navas casi a orilla de un río. El es Notario público y a cambio de irse al club donde es socio, opta por cuidar a su madre.

Por alguna razón vivimos cerca y no solo eso, estamos cerca. Yo creo que él se trajo la humildad que le regalaron sus familias y que yo por mi parte traería algo de los míos también. Esas raíces campesinas, que nos hemos traído de ambos campos, nos han ayudado a apreciar la grandeza del compartir, la sabiduría que aprendimos de esos maestros iletrados rurales que con un machete en la mano nos decían: “Dios te bendiga mi hijo” cuando pedíamos su bendición.

 Nos trajo al mundo una partera a la que llamábamos mamá, los padrinos eran venerados por nosotros.

Allí no habían atracos, ni asesinatos, ni los feminicídios, la verja de la casa era la intemperie, los faroles la Luna, la electricidad el sol y nuestro cuidador Dios. Respetábamos la propiedad privada, andábamos descalzos pero orgullosos.

En este momento, pensé, con una paila de locrio de arenque que otrora era comida de pobre y ahora es un gourmet, caminando por una calle de Los Cerros de Gurabo, con mi arenque con arroz para llevárselo a mi compadre como lo hacía por la abuela.

Claro, hemos cambiado el fogón por la estufa, la leña por el gas, el bohío por un lujoso apartamento, la niñez por una adultez próspera si se quiere y sin embargo, añoro esas costumbres idas.  Y, cambiaría:

La greca por el colador, la salsa de tomate por la bija, la sopita por el ají gustoso, la indiferencia por los buenos días, la inseguridad social por la paz. Si pudiera volver atrás, lo haría.