Algunas veces quisiéramos retrotraer el tiempo, aunque
nos llamen anticuados y sin arrepentimiento, les juro que lo haría.
En ocasiones cuando he salido a mi carro, me
encuentro con unas fundas plásticas llenas de yuca, plátanos, guineítos etc.
Que sin averiguar, ya sé quién me las dejó sobre el bonete.
Mi vecino y
compadre Fausto.
Ayer domingo, día del trabajador, quería comer un
locrio de arenque pero en mi casa aparte de mí a nadie le agrada. Sin embargo,
mi mujer aún conteniendo el deseo de tirármelo encima preparó mi cocinado. Rato
más tarde, estaba solo con mi paila llena de locrio que tenía dos olores:
exquisito para mí y desagradable para el resto de mi familia.
Llamé por teléfono como es de rigor, a mi amigo,
hermano, compadre y vecino para ofrecerle parte de este gourmet, me
respondieron que él estaba un poco más abajo en casa de su madre, una anciana
que está muy delicada de salud a quién él: baña, viste, corta las uñas, peina y
cuida como si fuera una niña y que envés de internarla en una casa para
ancianos como hacen los muy modernos de estos tiempos, él en cambio voluntaria
y gustosamente asume como su responsabilidad.
Así que eché parte del locrio en una cacerola y me
fui a llevarle mi arencada al compa.
Imagínense yo caminando por la calle de un sector
exclusivo de esta ciudad de Santiago, con cantina en mano. Entonces, recordé
cuando mi madre me mandaba antes de haber comido a llevarle la comida a mi
abuela y de paso dejarle la suya a mi tía Nena.
A mi regreso volvía con las comidas que le enviaban ellas a mamá, era un
intercambio que ahora parecería tonto; comida por comida. Me recordó también,
cuando me mandaban por un poco de sal donde los vecinos más cercanos que a
veces eran los suplidores de algunos detalles para la comida, ese intercambio
hacía más noble y llevadera la vida de la sociedad campestre. Y no faltó que me
preguntara ¿Dónde se han quedado esas
costumbres?, ¿Por qué nos hemos modernizados tanto que hemos perdido la
humanidad de las cosas, ¿ Por qué cambiamos el pedir la bendición a los mayores
por la indiferencia de un celular?, ¿Por qué nos avergonzamos de nuestros
ancestros? ¿Cómo fue que se nos olvidó el maroteo: bañarnos en el río, besar la
mano a los adultos, respetar los mayores con los cuales no estábamos
emparentados necesariamente.
Mi amigo nació en la loma de San Víctor, yo en Navas
casi a orilla de un río. El es Notario público y a cambio de irse al club donde
es socio, opta por cuidar a su madre.
Por alguna razón vivimos cerca y no solo eso, estamos
cerca. Yo creo que él se trajo la humildad que le regalaron sus familias y que
yo por mi parte traería algo de los míos también. Esas raíces campesinas, que
nos hemos traído de ambos campos, nos han ayudado a apreciar la grandeza del
compartir, la sabiduría que aprendimos de esos maestros iletrados rurales que
con un machete en la mano nos decían: “Dios te bendiga mi hijo” cuando pedíamos
su bendición.
Nos trajo al
mundo una partera a la que llamábamos mamá, los padrinos eran venerados por nosotros.
Allí no habían atracos, ni asesinatos, ni los
feminicídios, la verja de la casa era la intemperie, los faroles la Luna , la electricidad el sol
y nuestro cuidador Dios. Respetábamos la propiedad privada, andábamos descalzos
pero orgullosos.
En este momento, pensé, con una paila de locrio de
arenque que otrora era comida de pobre y ahora es un gourmet, caminando por una
calle de Los Cerros de Gurabo, con mi arenque con arroz para llevárselo a mi
compadre como lo hacía por la abuela.
Claro, hemos cambiado el fogón por la estufa, la leña
por el gas, el bohío por un lujoso apartamento, la niñez por una adultez
próspera si se quiere y sin embargo, añoro esas costumbres idas. Y, cambiaría:
La greca por el colador, la salsa de tomate por la
bija, la sopita por el ají gustoso, la indiferencia por los buenos días, la
inseguridad social por la paz. Si pudiera volver atrás, lo haría.
