Por Luís Santiago Sánchez Espinal
Hace muchos años que me dedicaba a estudiar inglés (y sólo
aprendí algunas palabritas), y en uno de los textos de ese idioma, recuerdo
haber leído el siguiente pensamiento, el cual no he podido olvidar, porque
armoniza con mi manera de pensar. Dice el pensamiento: El hombre va acumulando
sus errores, y crea un fenómeno que le llama destino, es decir, que el destino
no existe como tal, sino que este fenómeno es construido día a día por el
hombre, que es su protagonista, y no como una premonición, que deberá cumplirse
en cada ser humano.
Nosotros creemos que los errores engendran el destino, y
este, (el destino), engendra otro fenómeno llamado laberinto, el cual nadie
sale ileso, ya sea física o moralmente.
Como Dédalo, hay hombres que crean su propio laberinto, y
después, queriendo volar tan alto les pasa como a Icaro, que se les derriten
las alas, (ficticias), y caen vencidos para morar en el lodazal de la historia.
Al igual que Nietzsche, dicen, y creen, “Yo soy un superhombre”,
soy el mejor, soy un coloso, pero olvidan lo que pasó en la Isla de Rodas, cuando un
terremoto derribó el coloso que erigieron ahí como símbolo.
Los movimientos telúricos se miden en dos escalas. La primera
es la escala de Charles Richter, que mide la magnitud de la sacudida, o sea, la
cantidad de energía liberada en el epicentro y la otra escala es la de Giuseppe
Mercalli, que mide los daños causados en las diferentes zonas (en la
infraestructura); con la misma magnitud.
Pero hay terremotos de naturaleza social y que fue bautizado
como sociología por Augusto Comte, cuyos daños se advierten a través del
tiempo, cuando los afectados desaparecen del escenario público, y ya no pueden
ser comerciantes, banqueros o candidatos, y menos funcionarios, aunque sea de
baja categoría en la escala jerárquica.
Hay hombres que pierden la noción del tiempo por el vértigo
de las alturas, del dinero y el poder, y así crean su propio laberinto que los
situará ante el tribunal del pueblo y de la historia, y serán condenados al perpetuo
ostracismo social.
Un síntoma de lo que acabamos de decir es, que ni los amigos
y compañeros dan la cara en defensa del caído, o en las organizaciones a las
cuales pertenecen se fragmentan en grupos fuertemente antagónicos, que adoptan
la actitud belicosa de los hijos de Rebeca.
Ya lo dijo “El pico de oro”, Fernando Arturo de Meriño: “En
nuestro país no es extraño venir del exilio a ocupar la Presidencia de La República , o de la Presidencia de La República , descender a
las barras del Senado”.
