Por el Padre Santiago Rodríguez .- Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor
8, 9)
Queridos hermanos y hermanas: Con ocasión de la Cuaresma le proponemos estas reflexiones, a fin
de que les sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienza
el Papa recordando las palabras de San Pablo: «Pues conocéis la gracia de
nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para
enriqueceros con su pobreza» (2 Cor8, 9).
El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de San Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?
El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de San Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?
La gracia de Cristo
Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se
revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y
la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno
de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de
nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en
todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). La pobreza de Cristo es
la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre,
es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad
y su gloria.
Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus
padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza
de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es
la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar
su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y
“pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a
convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom
8, 29). Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy);
podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como
hijos de Dios y hermanos de Cristo.
La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en
sí misma, sino —dice san Pablo— «…para enriqueceros con su pobreza». No se
trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al
contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica
de la Encarnación
y la Cruz. Dios
no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de
quien da parte de lo que para él es superflua con aparente piedad filantrópica.
¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se
hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia,
conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón,
entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados.
Este es el camino que ha elegido para consolarnos,
salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que
fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su
pobreza.
Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma
encuentre a toda la Iglesia
dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material,
moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor
del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos
hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció
con su pobreza.
La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien
preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con
nuestra pobreza.
No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido
un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no
cuesta y no duele. “rica pobreza” y “pobre riqueza”.