
Siento
mucho relatar
lo
que al fin relato hoy,
porque
ya dirán que soy
amigo
de exagerar;
Y
el que me ha de murmurar
desde
ahora ya sabrá,
que
tres pitos se me da
que
figuren que es un cuento
lo
que pasó en el convento
del
pueblo de Yamasá.
Pues
un día de la Asunción
estando
yo en Yamasá,
vino
el cura de Boyá
a
celebrar la función.
A
mediado del sermón
hubo
allí un pelotero
que
hasta vino un tal Peguero
que
es el jefe del lugar,
queriendo
allí disparar
un
trabuco naranjero.
Un
haíto que por cierto
fue
a gozar de la función
se
largó allí un follón
que
hedía a perro muerto;
yo
no diré que es incierto
que
estuve al perder el tino,
pues
el follón tan dañino
de
aquel ahíto infeliz
me
picó en la nariz
como
un ají montesino.
Del
púlpito descendió
de
cabeza el reverendo,
y
al caer iba diciendo:
«¡Qué
peo se han tirado, fo!»
Y
al sacristán que le dio
esa
brisa tan impura,
dijo
«¡fo, y es de asadura,
aquí
no lo aguanto yo!»;
y
en seguida se tiró
de
cabeza tras del cura.
Como
el campanero es ciego
al
oír la corredera,
sin
averiguar siquiera
comenzó
a tocar a fuego.
Salió
el cura sin sosiego
con
la frente en un chichón
gritando
más que un lechón
y
preguntando igualmente:
«¿Quién
ha sido el indecente
que
se largó ese follón?»
A
una vieja de la Jagua
le
tumbaron el pañuelo,
y
se vio caer al suelo
una
peineta de yagua;
dejaron
allí una enagua
por
el maldito follino,
que,
por tener palomino,
nadie
la quiso tocar;
al
Alcalde del lugar
le
aplastaron el gallino (bombo).
Según
la opinión del cura
y
del sacristán también,
el
follón fue de lerén
de
mondongo, o de asadura.
Pronto
irá a la sepultura
quien
soltó ese marrano,
pues
si no se hallaba sano
ese
maldito cochino,
no
debió en lugar divino
follonear
así al cristiano.
Después
que aquello pasó
y
que fue calmado todo,
dijo
el cura del mal modo:
«¡Ese
follón me mató!
Pero
ahora quiero yo,
en
bien de la religión
echarle
la excomunión
si
no declara al momento,
el
que vino a este convento
a
largarse ese follón.»
Salió
un viejo setentón
hinchado
y descolorido,
y
al cura dijo: «yo he sido
el
que me tiré el follón.
No
fue esa mi intención
le
digo, Padre bendito,
sepa
usted que estoy agito
y
creo que no tengo cura,
calcule
que es de asadura
que
comí cuando chiquito».
El
sacristán dijo al cura
saltando
y con alegría:
«Mi
amo, ¿no le decía
que
el follón fue de asadura?»
«Tú
tienes razón criatura
son
buenas tus condiciones,
rogaré
en mis oraciones
al
Divino Sacramento,
que
no salgas del convento
para
que huelas follones.»